Por los caminos de Newman y Blair. Por Juan G. Bedoya
Pese a lo que sostienen todavía los cronistas de la bragueta y buena parte del bando católico, el cisma de Enrique VIII no fue una cuestión de divorcio -para casarse con Ana Bolena-, ni un movimiento popular, como en la Alemania protestante. Excepto en la doctrina, los reyes de Inglaterra eran los jefes efectivos de la Iglesia mucho antes de que se afirmara esa posición con un estatuto parlamentario. El principio fue definido más tarde como cuius regio, eius religio (la religión de rey es la religión del reino), no para retornar al tribalismo, sino para poner orden en los desastres de las guerras de religión.La definitiva ruptura anglicana se produjo "por un complicado embrollo de disputas y rencores personales, celos, rivalidades de jurisdicción, pugnas provinciales y simple mala intención" (Paul Johnson). También contribuyeron los desmanes económicos de muchos clérigos avalados por Roma, que arruinaban a su feligresía hasta para enterrar a los deudos. La decisión del Parlamento, en 1534, impulsada por Enrique VIII, acordó que el rey (y supeditado a él el arzobispo de Canterbury) era sin discusión la cabeza de la iglesia en Inglaterra, con todo el mando... continúe leyendo en RELIGIONES y ECUMENISMO / OJO ADVENTISTA, haciendo clic aquí.













