
Tenía siete años de edad. Desde mi cama, en un dormitorio oscuro, oraba a Dios, pero sentía que mis oraciones rebotaban del cielo raso y me golpeaban el rostro. Dios no estaba conmigo, en mi corazón, sino allá afuera, en algún lugar, y había un gran vacío oscuro entre nosotros. No podía alcanzarlo, y yo estaba convencida de que era mi culpa. El terror que se escurría de mi corazón empapaba cada hueso de mi cuerpo y sentí que debía correr hacia la luz, hacia la seguridad de la presencia de mis padres en la sala. Me lancé al piso y me aferré a las rodillas de mi madre y clamé: “¡Mamá, mamá, algo terrible está ocurriendo! He estado orando a Dios pero él no me escucha y yo sé que es por mi culpa”...
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